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viernes, 25 de noviembre de 2011

¡Le debemos todo!

 Jesús estuvo dispuesto a morir por nosotros para salvarnos, y quiere que nosotros estemos dispuestos a sacrificarnos e incluso morir por Su causa para salvar a los demás (1Juan 3:16). Él nos compró, pagó por nosotros, somos propiedad Suya, ahora le pertenecemos. ¡Jesús salvó nuestras almas, salvó nuestras vidas para la eternidad! ¡Obviamente, nosotros debemos entregar nuestras vidas y tratar de convertir a tantos como podamos!
     Jesús no recorrió la mitad del camino de la cruz por ti, ni llegó casi hasta el final, ¡sino que anduvo todo el camino y entregó toda Su vida por ti! Lo más importante que vino a hacer fue morir en aquella cruz. De modo que tu principal labor es llevar tu cruz. Él dijo: "Si alguno quiere venir en pos de Mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día, y sígame. Porque todo el que quiera salvar su vida, la perderá; y todo el que pierda su vida por causa de Mí, éste la salvará" (Luc.9:23,24). No es de necios dar lo que no se puede guardar para ganar algo que no se puede perder.
     La plenitud de fe que buscamos sólo se encuentra siguiendo el camino de la obediencia total, cuando estamos verdaderamente dispuestos a tomar nuestra cruz y negarnos a nosotros mismos, a rendir nuestro orgullo y nuestra voluntad para seguir a Jesús. ¡Entonces, al someternos a Él, nos da las fuerzas para seguirle!

lunes, 19 de septiembre de 2011

Gracias, Señor, por las lágrimas. Ayudan a lavar los ojos y el corazón, limpian la mente y aclaran el pensamiento.

Los griegos le llamaban catarsis, y quería decir purga o purificación. Según ellos la tristeza era purificadora y edificante, y hacía surgir las motivaciones y valores auténticos. Gracias a Dios que ni Él ni Su servicio son todo tristeza y tragedia; sin embargo, Él nos hace pasar por algunas pruebas, sufrimientos y dificultades para hacer surgir en nosotros la dulzura y nuestras mejores cualidades.




Tal como si una mano gigantesca estrujara un panal, haciendo brotar la miel. Como cuando Moisés dio un varazo a la roca: ¡la roca fue golpeada, pero empezó a manar el agua! (Éxo.17:6) ¡Como una hermosa flor que es aplastada y despedazada, pero surge de ella la fragancia! Como el dulce sonido que brota de la garganta del pájaro, que casi parece surgir a través del dolor, y sin embargo lo hace en forma de canción. Aprendemos mucho a través del dolor, y algunas de las enseñanzas más valiosas que recibimos del Señor surgen de sombrías experiencias.


"Él me da gozo en vez de pena. Me da amor que echa el temor, ¡la gloria donde había ceniza, y en vez de mis sombras, sol!" "¡Oh, gozo que me buscas en la pena, no puedo cerrarte el corazón; el arco iris tras la lluvia veo, y sé que en la mañana ya no habrá dolor."

martes, 5 de julio de 2011

Esperar y aprender a ser pacientes es parte de nuestra formación.

En la Biblia abundan los casos de hombres pacientes: ¡Job, Moisés, o David! ¡Job lo perdió todo! La familia, la fortuna, y al final, la salud, ¡todo! Pero no dejó de creer y de obedecer, diciendo: "Aunque Él me matare, ¡en Él esperaré!" (Job.13:15) ¡Aguantó, dispuesto a no rendirse! "¡La paciencia de Job!" (Stg.5:11) ¡Un ejemplo aleccionador para las generaciones venideras!



Cuando Moisés se precipitó a liberar a los hijos de Israel mató a un egipcio y tuvo que escapar solo, únicamente para salvar su vida. Pero tras 40 años de paciencia y humildad, apacentando ovejas en el desierto, con tiempo para escuchar la voz de Dios en vez de sus propios impulsos, estuvo por fin preparado para la labor lenta, laboriosa y paciente del Éxodo. ¡De forma lenta, pero segura!


David se pasó 17 años a las órdenes del rey Saúl, ¡y el Señor le ayudó a aprender muchas cosas observando a Saúl! Éste, presa de sus arrebatos, trató de hacer las cosas apoyado en sus propias fuerzas, ¡pero acabó por darse cuenta de que no eran suficientes! ¡David aprendió que hay que dejar que Dios lo haga todo! ¡Y esperarle!


La paciencia es una de las cosas que con más frecuencia trata Dios de enseñarnos a todos. Así pues, "¡tenga la paciencia su obra completa, para que seáis perfectos y cabales, sin que os falte cosa alguna!" (Stg.1:4)

jueves, 30 de junio de 2011

ALABANZA 16



Gracias por las desilusiones, por los cambios de planes, por las cosas que no salen exactamente como pensábamos. Intentaste advertirme, Señor, pero no hice caso de Tus indicaciones. Ahora sé más que nunca que velas por mí: me mostraste con antelación qué pasaría. Me hiciste ver que no iba a ser tal como yo esperaba. Lo que pasó fue que no me di cuenta de que me lo estabas indicando Tú. Ahora, con esta decepción, he aprendido a reconocer mejor Tu voz. He visto con más claridad que puedo fiarme de la orientación que me brindas en susurros. Así distinguiré más pronto Tu voz la próxima vez que me adviertas lo que va a pasar.

martes, 28 de junio de 2011

El Amor verdadero

Cómo encontrarlo, demostrarlo y conservarlo



El amor y la felicidad son como un perfume que, al ponérselo a otro, te salpica.






Para que haya amor verdaderamente duradero y auténtico, éste debe apoyarse sobre una base más perdurable que la sola atracción física o satisfacción carnal. Debe haber un deseo espontáneo y generoso de proteger, ayudar y hacer feliz a la otra persona. Además, debe existir cierta admiración por las cualidades más elevadas de la otra persona. Un hombre o una mujer pueden muy bien estar enamorados de las ideas de su pareja, o de sus sentimientos. Pueden enamorarse de su actitud espiritual, o de la compañía afectiva que les proporciona, todo lo cual tiene poco o nada que ver con la belleza física. El amor verdadero es espiritual, no exclusivamente físico. Se manifiesta más que nada en la unidad y compatibilidad de gustos y en las cosas y hábitos que se tienen en común.


Hasta esas cosas que no se tienen en común pueden resultar a veces interesantes y divertidas. Por ejemplo, a mi esposa le interesa bastante la ropa. Yo disfruto de sus pequeños desfiles de moda porque sé que a ella le gustan y que los hace para complacerme. En cambio, a mí la ropa nunca me ha resultado de particular importancia. Me basta con verme limpio y bien arreglado. Me interesa más la gente. En muchos casos no soy capaz de decir qué llevaba puesto una persona cinco minutos después de haberla visto. Pero probablemente pueda decirte en qué pensaba, o describirte su personalidad, porque quizá la observé con detenimiento y capté lo que había en su interior.


Cuando yo era joven y buscaba esposa, mi madre me dijo cierta vez que no priorizara el factor físico. Me recomendó que buscara en la mujer algo más que eso. Por encima de todo, que buscara ese algo indefinido llamado personalidad. Que buscara la vivacidad de espíritu, la fascinación del intelecto, el irresistible atractivo de su corazón, la magnanimidad de su alma; es decir, el aspecto espiritual de ella, que a su vez solamente halla satisfacción en la parte espiritual de uno. Las cosas de este mundo pueden dar satisfacción al cuerpo, pero Dios nos ha hecho de tal modo que nuestro corazón o espíritu solo pueden hallar contentamiento en lo que atañe a la esfera espiritual.


La Palabra de Dios dice: «No améis al mundo, ni las cosas que están en el mundo, [...] los deseos de la carne, los deseos de los ojos y la vanagloria de la vida. El mundo pasa, y sus deseos; pero el que hace la voluntad de Dios permanece para siempre.»


(1 Juan 2:15-17.) «Poned la mira en las cosas de arriba, no en las de la Tierra» (Colosenses 3:2). «Pues las cosas que se ven son temporales, pero las que no se ven son eternas» (2 Corintios 4:18).


Dios no dijo que no nos gustarían las cosas de esta vida, que no las necesitaríamos o que no debíamos disfrutarlas o desearlas. Nos advierte, más bien, que no las deseemos desmedidamente, de forma que acabemos anteponiéndolas a los valores más importantes y elevados, o incluso a las necesidades del espíritu.


Cuando el mundo material adquiere en nuestros afectos supremacía sobre el espiritual, practicamos una forma de culto a la creación por encima del Creador. Pero Dios y Su mundo espiritual no aceptan que los releguemos a un segundo plano en nuestros afectos e intereses, e incluso en nuestras actividades. Por eso dice: «Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente. Este es el primero y grande mandamiento. Y el segundo es semejante: Amarás a tu prójimo como a ti mismo.» (Mateo 22:37-39.) «No tendrás dioses ajenos delante de Mí, porque Yo soy el Señor tu Dios, fuerte, celoso» (Éxodo 20:3,5). «Buscad primeramente el reino de Dios y Su justicia, y todas estas cosas [nuestras necesidades] os serán añadidas» (Mateo 6:33). Si hacemos eso, Él nos dispensa gustosamente todas esas cosas, incluidos los deseos de nuestro corazón, siempre y cuando nos deleitemos en Él (Salmo 37:4).


Además de concederme siempre lo que me ha hecho falta conforme a Sus riquezas en gloria (Filipenses 4:19), Dios me ha dado también mucho de lo que yo deseaba, en tanto que fuese bueno para mí, incluida una buena salud, un lugar seguro y cómodo para vivir, lo suficiente para comer, el descanso necesario, ejercicio entretenido, vistas y sonidos agradables, y mucho amor y afecto.


Él me da lo que quiero, así como también lo que necesito, porque mi mayor deseo y lo que más me ha ilusionado toda la vida ha sido complacerlo a Él y llevar felicidad a los demás. A cambio de ello me ha concedido las mayores bendiciones que un hombre podría pedir: amigos y familia, el amor de mis hijos, alegría, satisfacción espiritual, un sentimiento de realización personal y un propósito sublime en la vida. A veces pienso que en cualquier momento podría partir en paz, contento y completamente satisfecho. Es que además de haber visto la gloria del Señor, se me han cumplido prácticamente todos los deseos de mi corazón.


No obstante, si ponemos esos deseos naturales por encima de Dios, de los demás y de las necesidades de nuestro espíritu, descubrimos que nada podrá saciarnos, ni siquiera la más total entrega a los placeres. El hombre o la mujer que solo procuran gratificarse físicamente o gratificar a su pareja, nunca hallarán satisfacción y felicidad totales. Es que las cosas de este mundo solo pueden satisfacer el cuerpo, pero únicamente Dios y Su amor verdadero pueden llenar ese doliente vacío espiritual presente en cada ser humano y que Él creó exclusivamente para Sí.


La verdadera felicidad no reside en la búsqueda personal de placeres y satisfacciones egoístas, sino en hallar a Dios, en comunicar Su amor y Su vida a los demás y en procurar la felicidad de otras personas. Es entonces cuando la felicidad nos persigue, nos alcanza y se adueña de nosotros, sin que siquiera la busquemos.


En cierta ocasión conocí a una mujer que vivía siempre a la busca de un nuevo amante, de un amor distinto, pero nunca hallaba una relación satisfactoria ni duradera. Buscaba amor para sí, quería recibir amor, ser amada. Cuando le comenté que tal vez tenía que aprender a manifestar amor, a amar de forma desinteresada, procurando el bien y la dicha de otra persona, aquello le pareció una idea totalmente novedosa. Nunca se le había ocurrido. Cuando cambió de actitud y buscó una persona a la cual hacer feliz demostrándole su amor, no tardó en encontrar lo que siempre había deseado.


Esa es la clave: Busca a alguien a quien hacer feliz, y entonces la felicidad te encontrará a ti. «Dad, y se os dará» (Lucas 6:38). «Todo lo que el hombre sembrare, eso también segará» (Gálatas 6:7). Es ni más ni menos una de las normas o leyes espirituales de Dios, tan clara y certera como las leyes de la física, la gravedad por ejemplo. Las leyes espirituales divinas nunca fallan. Se cumplen siempre, ya a favor, ya en contra nuestra, según las obedezcamos o no. La primera de ellas es precisamente la ley del amor, amor desinteresado a Dios y a nuestros semejantes. Si obedecemos ese precepto y damos a Dios y a los demás el amor que les debemos, también recibimos, porque con la misma medida con que medimos, nos vuelven a medir (Lucas 6:38).


Por eso me quieren muchas personas: saben que yo también las quiero a ellas, que las amo de verdad y que en realidad prefiero su felicidad y su bienestar a los míos. Ver felices a los demás y hacerlos felices me hace feliz a mí. Y también te hará feliz a ti.


La vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad ajena son cosas que sólo Dios puede dar. Además, son las únicas que satisfacen nuestro espíritu. Si quieres, pues, ser feliz y hacer verdaderamente feliz a otra persona, busca la satisfacción espiritual que sólo se encuentra en Dios y Su amor.


viernes, 24 de junio de 2011

Momentos de quietud

Dios nos dice: «Estad quietos, y conoced que Yo soy Dios», y: «En quietud y en confianza será vuestra fortaleza» (Salmo 46:10; Isaías 30:15). Vale decir que Jesús era consecuente con lo que enseña la Biblia. Varias veces en los Evangelios dice que se levantó de madrugada, antes que despertaran Sus discípulos, a fin de pasar un tiempo a solas con Su Padre y recibir de Él la orientación para el día que tenía por delante. En otras ocasiones dejó atrás las multitudes y a Sus discípulos y se fue a orar a un lugar apartado. Si el propio Jesús tenía que dedicar tiempo a la oración y a la meditación, cuánto más nosotros.



Todos necesitamos pasar momentos de quietud con el Señor, ratos en que hacemos a un lado nuestra ajetreada actividad diaria para darnos un respiro, mental y espiritualmente, encomendarle nuestros problemas a Él en oración, recobrar fuerzas a través de Su Palabra y refrescarnos en dulce comunión con Él. Es más, el cumplimiento de muchas de Sus promesas dependen precisamente de eso. «Venid a Mí [...], y Yo os haré descansar» (Mateo 11:28); «Clama a Mí, y Yo [...] te enseñaré cosas grandes y ocultas» (Jeremías 33:3); «Si permanecéis en Mí, [todo lo que pidáis] os será hecho» (Juan 15:7).


Si a diario pasas 10 ó 15 minutos de quietud con el Señor —si pueden ser más, mejor—, verás que tus días transcurrirán con menos afanes y trajín. No tiene por qué ser en un lugar y en una hora fijos. No se trata de un ritual. Simplemente deja lo que estés haciendo y piensa en el Señor. Encomiéndale lo que albergas en tu corazón, y escucharás Su silbo apacible. Te dará instrucciones sobre cosas prácticas, y las fuerzas y el ánimo necesarios para hacer frente a la jornada. «Los que esperan en el Señor tendrán nuevas fuerzas; levantarán alas como las águilas; correrán y no se cansarán; caminarán y no se fatigarán» (Isaías 40:31).










jueves, 23 de junio de 2011

¡Dios todo lo puede, salvo fracasar!

Lo difícil lo hace de inmediato; lo imposible tal vez tarde un poco más. Así que nunca te des por vencido ni te conformes con el fracaso: querer es poder, y no hay nada difícil para el Señor. Si le das una oportunidad, el Señor puede hacer lo que sea necesario. "¡Dios todo puede hacer, puede hacer, puede hacer / todo puede hacer menos fallar! / ¡Te salvará, te sanará, créelo y Él lo hará / todo puede hacer menos fallar!"



¡Sabemos, Señor, que Tú puedes hacer lo que necesitemos y que lo harás si creemos y confiamos en Ti! Tú siempre encuentras una salida si obedecemos y hacemos las cosas como Tú quieres. Si hacemos todo lo que podemos, Señor, sabemos que Tú harás el resto, en la medida de lo posible. Y aun si se tratara de lo imposible, Señor, Tú también eres experto en eso. Porque para Ti nada es imposible y todas las cosas son posibles para los que creen (Luc.1:37; Mar.9:23). ¡De modo que ayúdanos, Señor, a creer y a hacer todo lo posible, confiando en que Tú harás lo imposible! ¡Tú todo puedes hacer menos fracasar, y nosotros tampoco fracasaremos jamás si confiamos en Ti, Jesús!


"¿Hay algún río que cruzar no puedas? ¿Un monte difícil de atravesar? ¡En lo imposible Dios se especializa, y donde otros fallan Él lo logrará!"